The Strokes, algo más que una moda

Con The Strokes no hay términos medios. Se los ama o se los odia, se los sobrevalora o se los ignorará hasta el hartazgo. Lo único cierto, es que su derrotero ha mezclado gotas de glamour, éxito, fracaso, intrascendencia y ahora un sentimiento de desgano y aburrimiento que trasciende su último y esperadísimo cuarto disco “Angles”.

Sin embargo, The Strokes representa mucho de cómo se hizo la música en la primera década del siglo XXI, siendo fieles representantes de la industria indie que surgió como una movida en donde los chicos lindos y adinerados conquistaban a la critica, al público y al negocio de la música. Pero The Strokes, pese a sus limitaciones, tuvo alma, talento y sangre para marcar tendencia y dejar su huella entre tanta banda similar.

Era el 2001. Las radios norteamericanas y británicas babeaban con el aggro metal de Deftones, Limp Bizkit y Link Park o por bandas inglesas peso pluma, como Travis, Starsailor o Coldplay. Fue en este contexto cuando irrumpe su primer disco: “Is This It”, retomando la senda de lo que habían sido los buenos 90’s con los viudos del grunge y del rock británico.

En ese disco, y en los dos siguientes – el notable “Room On Fire” (2003), y el subvalorado pero maduro “First Impressions Of Earth” (2006)- se resume el sonido de la banda: una mezcla de rock garaje, melódico, con tintes retro pero con cierto desparpajo adolescente. Los dos primeros discos tienen la simple características de tener buenos temas en álbumes de corta duración, todo un presagio de lo que se venia de aquí en adelante y lo que la industria necesitaba: algo rápido, digerible y poco elaborado. Quizás, es ahí en donde se encuentran los anticuerpos y la lápida para sus detractores: ser la imagen de lo que está de moda, de lo cool, de lo indie , de las chaquetas de marca, los pitillos y los lentes de sol.

Sin embargo, la imagen The Strokes se separa de la banda de carne y hueso que hizo buenos discos y que como buen grupo de rock empezó de la nada misma. Desde los inicios se desvelan por lograr “el sonido” de la banda, sienten cierta la frustración de no lograrlo y el alivio cuando se solidifica. En los tres primeros álbumes, The Strokes es finalmente un compromiso con la identidad, con tener el control de su creación en una industria que no te deja; de que a pesar del glamour y cierto divismo snob, en la sala de estudio todo era sangre y sudor para su manifiesto musical, con aciertos y desaciertos, pero sin llorar.

“Angles” presenta a la banda en un estado de malestar y estancamiento, luego de cinco años de proyectos personales y descanso. Suenan con el piloto automático puesto, cansado de si mismos y con experimentos que más tienen que ver con desidia que con la búsqueda de nuevos recursos. Los neoyorquínos se encuentran en una encrucijada entre ser pasado o ser futuro. Los mismos integrantes han mencionado la inadecuada preparación del disco en donde trabajaron separados para la confección de los temas, quebrando su principal virtud, que era la dedicación en la sala de estudio. A pesar de todo esto, el disco deja algunas joyas como “Under cover of darkness», “Machu Picchu” yLife is simple in the moonlight.

La duda que queda es, si se alargó mucha la cuerda o si tienen algo más que ofrecer. Quizás fueron el antídoto perfecto en el 2001, pero pasado 10 años, no se ven señales de como seguir. La esperanza de los integrantes se encuentra es que estas nuevas giras y la preparación de un quinto disco enmiende la ruta de una banda, que pese a sus limitaciones, ha logrado un sonido icono de la década, abriendo paso a nuevas bandas y melodías cuando los viudos de los mediados de los 90’ se dormían la siesta esperando algo que no sonara Papa Roach o Coldplay.

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