Rock y Política: juntos pero no revueltos

En la antigua Edad Media, los juglares componían canciones cargadas de elementos políticos -discursos sangrientos, ofensivos y llenos de odio- que denunciaban la injusticia de los señores feudales, ejecutaban la crónica desesperada de la época y se rebelaban contra la violenta tiranía. Siglos más tarde, Mozart utilizó muchas de sus obras para mofarse de la Iglesia Católica; además, se valió de numerosos recursos compositivos para mostrar los aspectos más truculentos de una sociedad sórdida y ejerció la crítica social contra sus contemporáneos. En París, en el subversivo Mayo del ’68 -crisol de todas las revoluciones libertarias-, la música cobró un papel determinante: Jacques Brel y sus coetáneos utilizaron la chanson para unificar criterios políticos y elaborar una estrategia provocadora. En la década del 70, los cantautores se sirvieron del poder comunicativo de la música para elaborar proclamas, alentar a los disidentes y revitalizar las aptitudes revolucionarias de la juventud. 
En nuestra Latinoamérica, la cultura oficial –que no tenía entre sus máximas la devoción por la palabra, la paz como derecho de convivencia, la libertad como necesidad del espíritu, la justicia como un valor irrenunciable- tuvo desobedientes que hicieron sentir que el mundo ofrecido era una bosta tecnicolor, que resistir era posible, que el arte no tiene mucho sentido fuera de la realidad de su gente. Nuestros necios usaron la música -el folklore- como arma política y de denuncia. Violeta Parra, Víctor Jara, Mercedes Sosa, Atahualpa Yupanqui, Alfredo Zitarrosa, Gilberto Gil, Caetano Veloso, Chico Buarque, Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, etcétera, fueron relevantes e imprescindibles exponentes de esta tendencia que posibilitó que las ansias agitadoras se vieran trasladadas allende los mares y que su ideología superara las barreras de la censura y el aislamiento. 
El rock no podía dejar pasar ante sí semejante estela liberadora, porque su idiosincrasia rápidamente polarizó todos los elementos reivindicativos de la música de combate. De hecho, en festivales como Woodstock, donde el movimiento pacifista fue el máximo protagonista (con sus pros y sus contras), la lucha en frente a la política exterior de los Estados Unidos y la Guerra de Vietnam se convirtieron en caballo de batalla. O entrado los setenta, cuando el grito del punk sacudió a una Inglaterra uniformada por el Estado. El rock, se transformó en música combativa de manera natural, desde sus orígenes en las riberas del río Mississippi. 
La injusticia social, los desmanes económicos que subyugan a los pueblos, los desastres sangrientos que provocan las guerras y un espíritu social rebelde e inconformista, posibilitaron que el rock se convirtiera en un vehículo importante para expresar las ideas y las ideologías, desde Bob Dylan, Neil Young y León Gieco hasta Nine Inch Nails, REM y Molotov. Unos más militantes y comprometidos que otros, por cierto. 
El mensaje del rock se trasluce en un grito abierto contra los valores convencionales, atesorados por la generación adulta. En este enclave tiene lugar el acto de la rebelión, mediante la denuncia y la protesta. Es la voz de una generación joven que se levanta bruscamente contra la adversidad, demarcando su puesto en el cosmos con este tipo de expresiones. 
La juventud de mediados del siglo XX, simplemente, ya no creía en la idea de virtud, prostituida por los aferrados a la cultura convencional. Una voz inocente, perteneciente al joven movimiento revolucionario, afirmaba allá en los sesenta: 

Para nosotros se trata de no seguir aceptando un mundo que habla de paz, pero que tolera la guerra, un mundo que habla de libertad, pero que acepta las hipocresías del capitalismo, que habla de progreso, pero que sufre el sofocamiento de la burguesía comunista. 

Herbert Marcuse, ‘Causas de la Rebelión Juvenil’ (1973) 
El rock se entiende como una contracultura que se asienta sobre las bases de la rebeldía, del desprecio a la intolerancia y a la injusticia, en el ansia de libertad plena y sin dificultades. Está por encima de los partidos, las instituciones y los grupos organizados. No tiene líderes que encabecen propuestas difusas (por más que los “entendidos” quieran instaurarlos). Todos somos el rock. 
El debate comienza desde el preciso instante en que hay conciencias y/o tendencias yuxtapuestas que opinan que la aleación del rock y la política sólo pueden acarrear confusión, una imagen desenfocada y grandes dosis de rechazo por parte del público. La política profesional es en sí misma un mero ejercicio comercial: venta de sentimientos patrióticos, de concesiones económicas, de votos y beneficios, venta de ilusiones y sueños. Esta venta, generalmente, se traduce en manipulación y desorden emocional. 
El rock tiene el poder y la capacidad de penetración en nuestro tejido sentimental. Es directo, provocativo, contumaz. Quizás, sea este elemento diferenciador el que produce tanto rechazo social. Tanta desconfianza y sectarismo. Hay músicos que detestan mezclar las ideas políticas con sus composiciones, porque creen en un concepto universal de los acordes metálicos. Otros, se afanan en utilizar el rock para exaltar sus propios fines e intereses políticos, para bien o para mal. 
Desde las ideas de Frank Zappa en los setenta, que insistían en la necesidad de mejorar el sistema democrático a partir de la mejora del sistema educativo, hasta el más reciente trabajo de Sinergia, que manifiestan con frontalidad la temática coyuntural de un Chile con sentimiento de indignación hacia el actual gobierno de derecha; la intensión es contribuir con la extensión del mensaje de conciencia política desde el rock, y ejercitar sus respectivos planteamientos ideológicos. 
El uso de la política mezclada con la música es un derecho, pero el rock está por encima de la política porque no necesita del uso de planteamientos políticos para definirse a sí mismo. Seguramente, lo deseable es que el rock sea una fuerza que no necesite equipararse a la política, a la derecha o a la izquierda. Quizás, es un vínculo humano de comunicación, que traspasa las barreras idiomáticas, sociales y comunicativas, para conformar una red férreamente trenzada de seres humanos unidos por el sonido profundo y penetrante de los acordes distorsionados. Libertad y paz en estado puro, tal como lo imaginaba Lennon. 
Podríamos estar eternamente encontrando figuras retóricas para definirlo con precisión. El debate es incongruente. La política no es incompatible con el rock, aunque no sea necesaria en absoluto para hacer música. Está en la libertad de expresión de cada músico, y en la libertad de recepción del público. Por eso, no debería haber debate, creo. El rock ha inundado nuestros espíritus con suficientes argumentos, tan sólidos, tan férreos, que nunca, nunca dejará de ser un vinculo vital en nuestras vidas. 
La política, debería servir para mejorar las existencias de los seres humanos, no para doblegarlos a la tiranía de las ideas y los tecnicismos macroeconómicos. Por otro lado, el rock ha superado numerosos escollos y sigue desangrándose. Nunca será oveja en el redil. ¿Es positivo para una banda identificarse con tal o cual idea política? Pearl Jam encontró respuesta a esta pregunta en el 2007, al ver cómo censuraban parte de uno de sus conciertos transmitidos por streaming por la empresa AT&T, a causa de sus alegatos contra la guerra de Irak y sus mensajes en contra de G.W. Bush. Cuando el rock amenaza el status quo, se transforma en una amenaza, porque no acata las proclamas materialistas y, sobre todo, porque no se traga los convencionalismos. 
El arte es funcional y testimonial del espíritu de su propio tiempo. Entonces que, cada cual, obre a conciencia.

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