Quemasucabeza: el antisello

No es un misterio que las cosas cambiaron en la forma de hacer negocios en la música. Chile, no quedó al margen de este movimiento. Desde hace más de 10 años, distintos sellos vienen marcando pauta desde la independencia. Uno de ellos: QSC.



Hace catorce años ser un rockero chileno independiente no era el gesto de autonomía digno de aplauso ni la ingeniosa plataforma de difusión que es hoy. Se estaba ahí por falta de oportunidades, mala suerte, disgusto por las reuniones, ganas de llevar la contra, arrojo suicida, en fin. En 1998, Congelador era un grupo de rock filoso y tocatas encendidas, cuyo alto vuelo eléctrico recomendaban los asiduos al circuito santiaguino de conciertos e incluso algunos rockeros consagrados, como Colombina Parra. Su música instrumental, profunda y otoñal jamás cupo en una parrilla de programación ni le interesó a cazatendencias alguno. 

Por eso, sacar un disco bajo su propia etiqueta fue para el grupo lo natural. Lo inevitable. «La industria estaba llena de gente terrorífica con la cual no queríamos relacionarnos», recuerda ahora Walter Roblero, un bajista que por franqueza no se queda. Fue él quien bautizó a Quemasucabeza, idea que se gestó en 1998 para afirmar esa independencia que a ellos les sonaba a vocación. Quemasucabeza nació como la extensión discográfica del trabajo de Congelador, y así debía continuar con los años. No había planes de fichar más bandas, ni idear estrategias de negocios, ni -mucho menos- administrar la agenda de conciertos de sus asociados, con salidas al extranjero varias veces al año y presentaciones semanales para grandes marcas. Que su catálogo le iba a servir alguna vez al diario en español más importante de Europa (El País) para definir a Chile como un «nuevo paraíso del pop» era algo que entonces a Congelador hubiese, probablemente, atorado de la risa. 
«Nos sentíamos pagados con tener un sello que pudiera sacar la música de Congelador», recuerda Rodrigo Santis sobre ese inicial impulso. Quien hoy es director artístico del sello tenía entonces 21 años de edad, estudios en curso en Ingeniería Civil Eléctrica (los cuales abortó para titularse más tarde como Técnico en Sonido) y un proyecto de vida muy distante de la gestión musical a tiempo completo. 


Pero así son las sorpresas que esperan a quienes agarran las olas cuando éstas recién comienzan a crecer. Con la marea revuelta, las embarcaciones pesadas son las de más lenta reacción. En cambio, la falta de experiencia es libertad; la carencia de contactos, desprejuicio, y el bajo capital aleja el susto a la pérdida. Sin oficina establecida y con apenas cuatro empleados -ordenados bajo el trío directivo de Santis (34), su mujer, Carla Arias (37), y Rodrigo Madrid (37) -, hoy Quemasucabeza tiene un catálogo de cantautoría joven chilena mucho más atractivo que el de EMI o Warner. Nadie ahí tiene muy claro el nombre de su cargo ni su obligación horaria, y tampoco importa. 
«Hay algo de comunidad, de clan», estima Rodrigo Madrid, el hombre que ordena dineros y estrategias. «En el sello la confianza importa mucho más que la infraestructura. Quizás la gente que está acá pueda tener ofertas de compañías más grandes, pero se quedan porque acá estamos hablando de lo mismo»
Cuando nadie sabe bien cómo se manejará la música ni siquiera en dos años más, la comunión de un criterio musical compartido y un negocio con el mínimo de intermediarios valen más a que te inviten a almorzar para escuchar las anécdotas de un dinosaurio como Emilio Estefan. 
«No trabajo para un jefe que está sentado en un sillón y al que nunca veo, sino que me siento entre amigos», ilustra Gepe, uno de los músicos más antiguos y prestigiosos asociados al sello. «No sé si me gustaría un lugar con más infra, porque nunca lo he tenido, pero aquí al menos sé que trabajo con gente que está vendiendo lo que más les gusta, que es la música. Y la ambición que se maneja está en función de mejorarla y hacerla crecer, nada más».

Dieciséis son los artistas y veintinueve los discos que hoy acumula el catálogo de Quemasucabeza. No todos esos músicos han publicado el total de sus discos bajo la etiqueta, ni tampoco todos los álbumes corresponden a nombres que sigan a bordo. Pánico, por ejemplo, publicó hace dos años con el sello su álbum Kick, pero se trató de un acuerdo puntual que le permite a esa banda chileno-francesa continuar con su trabajo de distribución a mayor escala en Europa. Chinoy tuvo su esperado debut gracias a la asociación con la etiqueta, pero al poco andar decidió trabajar en un sello organizado entre él y otros músicos porteños (Música Del Sur). 
Más acontecida fue la situación de Javiera Mena. Esquemas Juveniles fue el lanzamiento estrella de la etiqueta en 2006, pero las posibilidades internacionales que esa colección de perfectas canciones pop le abrió a la cantante motivaron su cambio a Unión Del Sur, la etiqueta y agencia de booking a cargo de Cristián Heyne, el más ocupado productor local. Rodrigo Santis dice que la cantante «quería una proyección que no le podíamos dar, pero tenemos la mejor onda». Heyne cree que una artista pop como ella debía manejar ciertos aspectos de su carrera con dinamismo. «En el momento actual de la música y la industria es necesario estar atento a todas las oportunidades de concretar alianzas en booking, management, nuevos negocios y, por último, los aspectos discográficos»
La salida de la cantautora privó al sello de uno de los nombres favoritos entre publicistas y productores para la organización de conciertos privados, una veta que desde hace unos años ofrece a los músicos chilenos una entrada segura de dinero (con un promedio de paga de un millón de pesos para la organización completa). Quemasucabeza gestiona y produce éstos y otros conciertos a través de la agencia Armónica, fundada en 2007 como el brazo de distribución del sello, pero al poco andar reconvertida en oficina de lo que en el medio se conoce como booking y management. 

La edición de discos y su difusión en vivo son actividades complementarias. Un sello con un brazo de booking se preocupará de tener buenas ediciones que, a su vez, puedan sostener tocatas. «Los discos son una inversión para promocionar los shows», sintetiza Rodrigo Madrid. Armónica integra ambas actividades y ofrece a los músicos un porcentaje de sus ganancias. Desde hace más de un año, la empresa organiza o acuerda al menos un concierto por semana. 
Crear expectativa a través de internet es otra estrategia lógica para mantener saludables las ganancias en vivo. Todos los discos editados en los últimos cuatro años por QSC cuentan con unos días de descarga gratuita online. En octubre pasado, San Sebastián, de Fernando Milagros, tuvo cinco mil descargas en cinco días (un disco bien vendido en Chile está hoy alrededor de las tres mil copias). Milagros celebra la iniciativa, pese a que ésta lo indispuso con la cadena Feria Mix, que se negó a tener su disco a la venta: «No me importa. Preferí liberarlo unos días y darlo a conocer, antes que arriesgarme a que el disco se quede en una bodega y ningún vendedor sepa dónde está».La independencia es, también, ubicuidad. 
«Una oferta de descarga en los primeros días genera ansiedad. La gente habla, la música se conoce, y eso luego lleva público a las tocatas», sintetiza Rodrigo Madrid. Los últimos ocho álbumes publicados por QSC también han tenido una tirada limitada de trescientas copias en vinilo. Lo que se busca: fidelización y oferta premium, que es un modo más elegante de decir que se acaricia el corazón del melómano. 
Es el tipo de estrategias poco convencionales que entusiasman a Rodrigo Madrid, ingeniero civil industrial, consultor de empresas en temas de capital humano y profesor universitario de Innovación en Modelo de Negocios. Tras años de descuido formal, su llegada al sello permitió sanear cuentas, regularizar su situación legal y proyectarse más allá del mes a mes. «Digamos que los ayudé a superar la mortalidad infantil», ilustra el hoy director ejecutivo de QSC. Como estratega financiero, Madrid es un personaje inusual. No está ahí por un fanatismo de coleccionista ni por el estudio de casos sobre la suerte de disqueras independientes en el siglo XX. No sabe quiénes fueron Tony Wilson ni Sam Phillips (los fundadores de los sellos Factory Records y Sun Records, respectivamente), ni planea una gran gesta cultural a través de la música independiente. Simplemente sucedió que, en 2003, sus amigos del grupo Mostro querían hacer un disco, «y en ese momento tenía una plata en el banco que quería gastar, aunque fuese en alguna locura. Sentía que la vida me venía de dar muchas cosas, y quería devolver». HR=01 (2003) redirigió el catálogo de Quemasucabeza y asentó a Madrid como un atípico asesor financiero.
Tampoco Rodrigo Santis responde al arquetipo que el siglo XX le impuso a un director de sello. No sugiere singles, gráfica ni interviene en el tono que deberá mantenerse con la prensa. Recibe decenas de links a la semana para evaluar a posibles nuevas contrataciones, pero asegura que nunca ha encontrado así a alguien con quien trabajar. Los acuerdos aparecen por amistad, por contactos en común. Santis -quien además de su trabajo junto a Congelador viene publicando canciones solistas bajo los nombres Caravana y Paranormal- habla, incluso, de un «núcleo familiar» y de una estética común, «que no sabría cómo definirla, pero es transversal a todos los involucrados».
Esa estética es el nuevo pop, que por primera vez en décadas parece estarle dando a la cantautoría chilena un potencial de internacionalización. No toda la nueva camada de cancionistas chilenos es parte de QSC -los entrevistados destacan la afinidad con etiquetas locales como Río Bueno, Michita Rex y Algorecords-, pero en el sello sí se encuentran algunos de quienes mejor han sabido fundir melodía, tradición, cosmopolitismo y experimentación. «Estamos todos un poco entre lo alternativo y lo popular, aunque no sé si por coincidencia o como resultado de una línea editorial determinada. No me atrevería a hablar todavía de un sonido QSC, pero sí de una afinidad en la manera de abordar el estilo de vida», define Pedropiedra, con dos discos en la etiqueta y creciente exposición latinoamericana para su pop, a la vez juguetón e introspectivo. «Somos algo así como los hijos de internet», agrega Fernando Milagros, la más reciente luminaria del catálogo gracias al poderoso San Sebastián (2011). «Más que en estética, estamos unidos por una nueva forma de hacer las cosas, que es la que nos ha tocado y la que hoy nos acomoda»
Son opiniones flexibles, sujetas a sus circunstancias y que irán afirmándose en el camino, como debe hacerlo una travesía de exploración. Esta aventura musical es sin mapas.
[Artículo original de Marisol García para Revista Qué Pasa. publicado el 08.02.12]

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

A %d blogueros les gusta esto: