Pussy Riot: el regreso del espíritu punk

Provocadoras como los Sex Pistols, auténticas como The Clash y con el espíritu femenino de Patti Smith; las Pussy Riot se han transformado en el icono de la lucha contra la censura y también ha vuelto a poner sobre la mesa el rol de los músicos en la política y en la contracultura.

Su historia se remonta al año recién pasado, específicamente a septiembre, con el anuncio del ex-agente de la KGB, Vladimir Putin, de volver a presentarse a elecciones presidenciales. El descontento provocado por este pronunciamiento fue el germen de un proceso de movilizaciones contra el ya actual primer mandatario ruso. Así, tomando la urgencia que históricamente caracterizó al punk, las Pussy Riot nacen como parte de un movimiento de jóvenes que, a través de performance urbanas, denuncian la sistemática censura del gobierno ruso y reivindican la lucha feminista.

Serafima -seudónimo utilizado por una de las más de diez integrantes actuales del colectivo- define de manera muy clara el surgimiento de Pussy Riot: 

Justo después de que Putin anunciara que pretendía volver a ser Presidente y tiranizar Rusia durante al menos 12 años más, en ese momento, nos dimos cuenta de que este país necesitaba un grupo militante, punk y feminista, que se moviera por calles y plazas, movilizando toda la energía pública acumulada contra los corruptos malvados de la junta de Putin. Y enriquecer así la oposición cultural y política rusas con temas que nos importan: los derechos de la mujer y de gays, lesbianas y transexuales, así como denunciar la ausencia de un mensaje político valiente en las escenas de música y arte, y la dominación masculina en todas las áreas del discurso público. 

La censura del rock en Rusia tiene larga data. Desde los años ’50, con la premisa que “el rocanrol era una perversión vulgar del capitalismo”, pasando por la prohibición de difundir en las radios a los Beatles y a los Rolling Stones; el rock ruso estuvo -hasta recién entrados los años ’80- en absoluta clandestinidad, siendo un aspecto común en la vida social de su juventud. Recién en 1981 tuvieron su primer gran lugar de difusión: el Rock-Club de Leningrado, en San Petersburgo, donde bandas como Kino, Agatha Christie, Secret, Televizor, Pop-Mekhanika, Nautilius Pompilius y Aria -que se mueven en géneros como el new wave, el punk, el synth pop y el heavy metal- cantaban sobre la vida cotidiana de la ex-URSS, difundiendo temas que hacían referencia a la violencia doméstica, al alcoholismo, la criminalidad, la rutina mental, al estancamiento en la vida social, al rechazo a los dogmas de la doctrina stalinista y, en casos más osados, el cuestionamiento a los jefes de Estado de los soviets y a los privilegios de pertenecer a las capas aristocráticas inscritas en la llamada Nomenklatura. Luego, en la segunda mitad de los ’80 y de los ’90, las ilusiones democráticas que la Perestroika y la restauración capitalista intentaron promover se terminarían esfumando con el reforzamiento del carácter policial, represivo y censor del Estado, prácticas que hasta el día de hoy se replican .

Hoy, al parecer, la bandera de lucha que llevan a cabo las Pussy Riot, y que flamean con orgullo y hasta las últimas consecuencias, también cubre los ‘ideales’ de los artistas del show bussines, como Madonna, Paul McCartney, Anthony Kiedis (RHCP), Beastie Boys, Patti Smith, y Pete Townshend (The Who), entre otros, los cuales se han expresado en contra la censura al arte y exigen la libertad de las músico-militantes, haciéndose parte también del mensaje de toda una generación que está detrás de ellas, porque este colectivo de arte callejero se transformó en el canal de expresión para miles de jóvenes frente al cuestionable régimen de Putin (que ya se caracterizó en su anterior periodo en el Kremlin por lamentables cifras para el país del noreste asiático: aumento de la pobreza , los ataques terroristas y la corrupción, sumando la pérdida de derechos civiles).



En lo musical, las pussy tienen un sonido crudo, directo. Entre sus influencias encontramos bandas ‘Oi!’ (street punk) y el punk clásico de principio de los ’80: Sham 69, Angelic Upstarts y Cockney Reject; así como otras más ligadas al riot grrrl de los ’90, como las L7, Bikini Kill y 7 Year Bitch. En cuanto a sus letras y su posición ideológica, sus inspiraciones vienen de las teorías feministas de Simone De Beauvoir, Andrea Dvorkin, Emmeline Pankhurst, Shulamith Firestone, Kate Millett, Rosi Braidotti y Judith Butler.


Y en lo que se refiere a la militancia, las protestas callejeras con burlas a los símbolos del poder político y eclesiástico son parte de su batería de acciones insurgentes, las cuales son consideradas ilegales por el gobierno ruso. Utilizan cualquier escenario urbano para desarrollar sus intervenciones: desde micros, estaciones de metro, desfiles de modas y negocios de ropa de alta costura hasta la Plaza Roja, el techo de un centro de detención y, la última -que terminó generando la detención de tres de sus integrantes-, la actuación en la Catedral de Cristo Salvador de Moscú.

El desencanto a los requisitos de la actualidad política pusieron a prueba la intolerancia del régimen putiniano. Con la detención, juicio -que nada tuvo que envidiarle a los viejos procesos de Moscú de los años ’30- y condena de dos años de prisión por haber «socavado el orden social» a las tres activistas de las Pussy Riot: Maria Aliojina, Yekaterina Samutsevich y Nadezhda Tolokonnikova, se encendieron las alarmas respecto a la libertad de expresión en lo que se supone es una nación democrática. Hasta organismos internacionales de DD.HH. como Amnistía Internacional se han sumado a la campaña «Free Pussy Riot«, que aboga por la libertad de las tres jóvenes .


La importancia simbólica que el gobierno ruso le dio a dicha catedral no sólo pone de manifiesto los entrelazamientos políticos de Putin con el poder eclesiástico de la iglesia ortodoxa rusa -hoy dirigida por patriarcas con pasado de agentes de la KGB, como Kirill Gundyaev-, sino que también, manifiesta la impostura política que gobiernos de diferentes colores, ONGs, grupos financieros, periodistas, la ONU y hasta las mismas burocracias, pretenden como promoción la “democratización” por medio de la intervención del clero en la vida política y social de los ex-estados socialistas. Porque seamos claros: las Pussy Riot fueron condenadas por expresar, pacíficamente, sus ideas. 

Cuando muchos creían que el rocanrol y su poder de convocatoria se limitaban a los megafestivales, estas chicas rusas (sin camarines, productoras, managers ni esforzados saludos al público con camisetas de fútbol) han recogido la simpatía movilizadora de miles de jóvenes de todo el mundo en un solo grito de guerra: FREE PUSSY RIOT

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