Mark Fisher, el arquitecto del rock

Una colosal muralla de 150 metros y una intimidante garra metálica de 180 toneladas son parte de las credenciales del arquitecto Mark Fisher, el hombre responsable de haber diseñado los grandes recitales en estadios, haciendo realidad las fantasías más ambiciosas de nuestros rockstars.

Escenario y plano elevación para The Wall Tour, de Roger Waters. 2010

No, no escribimos mal el titulo. Este no será un ensayo sobre el gran Little Richard, a quien muchos consideran, con esa alegoría tan rimbombante, “el arquitecto del rocanrol”. Esta columna tratará sobre un profesional que entre arte, ingenio e innovación (sin dudas, los tres pilares de la “arquitectura móvil”1) y largos años de estudios y trabajo, le han significado destacar en el contexto arquitectónico y musical.
Nuestro hombre es Mark Fisher, un nombre que es sinónimo de la evolución del diseño en vivo, un artista cuya creatividad es el punto de referencia por el cual todos los demás creadores en el mundo del espectáculo se miden. Este egresado de la Escuela de Arquitectura de Londres (1971) ha logrado durante las últimas tres décadas, constituir un vasto legado en el diseño de conciertos, permitiendo que su obra sea vista y disfrutada por una multitudinaria cantidad de personas en varios rincones del orbe. Inclusive Chile.2
¿Su importancia? Es considerado como el hombre que trasladó el súper espectáculo de los shows de rock a los estadios, y no sólo por su trabajo más reconocido: la estructura a gran escala montada para el epopéyico The Wall de Pink Floyd, en 1981 (y su mastodóntica reedición 2010 para la gira de Roger Waters)3, sino por ser el responsable de idénticos encargos para Rolling Stones, AC/DC, Genesis, David Bowie, ELO, Queen, y una lista tan extensa como variopinta, que ha sabido estirarse en el tiempo hasta U2, Depeche Mode, Pink, Madonna, Michael Bublé, Muse, Radiohead, incluso, el tour de reunión de Soda Stereo en 2005.
Su trabajo, simbolizado en una creatividad sin condiciones, ha concretado las fantasías más extremas de algunas de las mentes más extraordinarias de la música. Sin la necesidad de seguir un programa rígido, ni ajustarse a necesidades funcionales, hace que su “arquitectura móvil” –como un gran espacio de experimentación artística– coquetee con los límites que separan la rigidez de la disciplina con las artes visuales. Algo siempre polémico, pero siempre estimulante.

El primer ladrillo

El interés de Fisher en la construcción de estructuras desmontables e inflables, llamaron la atención del bajista (y ex-estudiante de arquitectura) Roger Waters. Esto lo condujo a que en 1977 diseñara su primer proyecto para una presentación de rocanrol: el debut sería para la gira del Animals, el décimo trabajo discográfico de Pink Floyd.4

A partir de ahí, y en colaboración con el iluminador teatral e ingeniero Jonathan Park, fundan la oficina Fisher Park, donde realizan dantescos encargos durante las décadas de los ‘80 y ’90. Es acá donde se marca un antes y un después en los grandes shows musicales. La sofisticación con que armaron los montajes escénicos de giras como The Wall de Pink Floyd, Private Dancer de Tina Turner o Voodoo Lounge de los Rolling Stones, dan cuenta de ello: la construcción al servicio del espectáculo, el espacio en donde la superficie es el medio.5

Croquis y fotografía real del escenario para el Voodoo Lounge Tour de Rolling Stones. 1994

Unas escenografías cuya construcción desemboca en el acontecimiento, en la performance. Una arquitectura de la pura eventualidad, de la pura visibilidad, que es sostenida por todo un despliegue tecnológico (que no escatima en medios para lograr el efecto deseado). Unas construcciones en donde la estructura se repliega detrás de “pantallas” y revestimientos, compartiendo lugar con esas otras tecnologías, como el equipamiento, que una vez que comienza el show, desaparecen, sirviendo de soporte para las luces, el hielo seco, los lásers y los fuegos artificiales.

Todo era brillo y efectos especiales. La arquitectura temporal de Fisher comenzaba a desarrollarse paulatinamente en los espectáculos musicales de alcance global. La idea era sencilla: tenía que ver con la catarsis y con el paisaje; con la confusión e ilusión que va provocando el movimiento a distancia. Simple en la idea. Un trabajo enorme, dedicado y meticuloso en la práctica.

Cerebro en las penumbras 

La sociedad con Park se disolvería en 1994. Un inquieto –y ya rock-star-architect– Mark Fisher debía continuar su labor de entregar sus estructuras arquitectónicas al rock, a sus ejecutores y a sus fanáticos. Así, crea Stufish, su propio estudio multidisciplinario para continuar con su trabajo. Es acá donde, con la ayuda implacable del avance tecnológico, a finales de los ’90 y en lo que va del siglo XXI, proyecta sus más monumentales escenografías, desde Rock The Cosmos de Queen hasta el Black Ice Tour de AC/DC; desde Bridges To Babylon de Rolling Stones hasta el 360º Tour, el ambicioso escenario de U2.

La intimidante «garra» de U2

Todas estas babilónicas puestas en escena han logrado respaldar su trabajo en el arte, y lo han convertido en el genio capaz de aportar a los escenarios –parte fija e inmóvil de un concierto– la movilidad y el dinamismo de la música que en él se recrea. Creador de la idea y el término de “arquitectura móvil”, las ideas y las obsesiones de Fisher han dado forma, color y luces al rock y al pop, razón por la cual muchos de sus contrarios lo han apuntado como responsable de haber asesinado lo simple, instantáneo e improvisado de la música en vivo.

Decir que Fisher piensa a lo grande es quedarse chico, si “obras arquitectónicas” como la “garra” de U2, el “ultrasecreto” juego de luces de Genesis, el “muro“ de Waters/Pink Floyd sorprenden, más lo hace el haber convertido los centros completos (downtown) de Houston (1986), París (1995) y Moscú (1997) en mega escenarios para Jean Michel Jarre, batiendo en la capital rusa el record absoluto de asistencia a un evento, congregando alrededor de su “arquitectura móvil” a 3 millones y medio de moscovitas arrodillados alrededor de luces, laser, marionetas, pantallas móviles y sincronías orquestadas donde la música pulsaba el ritmo de una ciudad entera, incluidos astronautas hablando desde la Estación Espacial y un “cuerpo de baile” compuesto de seis aviones MIG-29. Su límite, ha dicho, no es el presupuesto, sino lo que la tecnología le permite.6

Su oficio de arquitecto le ha permitido desarrollar una proyección única a cada banda y a cada solista, no como un show, sino como una estructura sólida, como una catedral o un rascacielos que puede y debe moverse, que debe bailar al ritmo del drumbass del pop más sintético; vibrar con los sonidos y acordes furiosos del rock.

De la tinta a la materialidad

Detrás de cada tornillo, de cada tabla de madera y de cada color usado, está el trabajo previo que Fisher y su equipo realizan en su centro de operaciones. Para comprenderlo mejor, es necesario escarbar en el cómo nacen estas megaestructuras.

Evolución de un proyecto: el croquis de la idea y el diseño finalizado puesto en escena.
Metallica, Death Magnetic Tour. 2012.

Él entiende sus propios proyectos a partir de tres dimensiones: concepto, diseño y realidad7. Para precisar y comunicar el concepto, emplea el croquis8, que busca fijar una cierta “imagen” del espectáculo. Estas imágenes provisorias que transmiten los croquis iniciales, son posteriormente precisadas mediante el empleo de ilustraciones realizadas a partir de modelos 3D o renders, los cuales son empleados para determinar las cualidades de las superficies, los colores y, sobre todo, la iluminación del espectáculo. Esto forma parte de la segunda dimensión del proyecto: el diseño, el cual divide en ilustración, construcción y ensayo. En el espectáculo –la realidad– desaparece la condición de lugar, o más bien, es reorientada hacia la narración al servicio del espectáculo, lo que hace de los espacios diseñados una suspensión momentánea de la percepción y su reorientación hacia la determinación de una “obra de arte total”, una ficción construida para ser seguida, para ser leída, para ser palpitada.

Es así como sus espectáculos constituyen principalmente “ficciones” o “narraciones” que construyen un “lenguaje”. La dimensión del proyecto se relaciona con las obras tradicionales, donde la arquitectura es fundamentalmente la construcción de un signo puro.

Todo tiene que ver con el concepto, del cómo iniciar el primer movimiento, donde debe quedar claro cuándo termina el silencio/la hoja en blanco/el vacío, y cuándo comienza a brotar la magia de la creación, del arte; para finalizar, luego, con la sublimación de nosotros, los espectadores.

Espero que el trabajo que el estudio crea sea accesible a nuestro público. Trato de encontrar un hilo conductor en todo lo que hacemos, y usar el lenguaje visual coloquial para expresarlo. En la cultura popular, si el público no entiende lo que está viendo, el juego se pierde. Por ejemplo, ‘Bridges To Babylon’ (Rolling Stones) mezcla teatro monumental y el lujo decadente, PopMart (U2) era una sátira de la cultura de consumo, OVO: The Millenium Show (Peter Gabriel) era una obra de teatro en tres actos de cinco minutos que explora la inocencia, la corrupción y la redención. En cada uno de esos programas, las imágenes que creamos en el escenario refuerzan la historia (…) Un estudio como el mío sólo puede crecer orgánicamente. Se desarrolla cuando los clientes comienzan a sentirse cómodos, hablando directamente con los otros miembros del estudio. No se puede forzar el ritmo, lo que sucede es en su propio tiempo.9

Sin duda, se encuentra en el pináculo vanguardista en la realización de shows que han hecho historia desde finales de los ’70, siempre sorprendiendo, hasta a los más minuciosos y mordaces.

Tras la llegada de Fisher al espectáculo, todo fue sincronización y tiempos perfectos para que el espectáculo sonoro funcionara a la par con todo lo que lo envolvía. Dejar lo espontáneo en servicio del show, hacer de un concierto un gran equipo estéreo que interactúa con los viajes perceptuales propios del rocanrol. En los últimos años, su estudio ha originado esto en los más de un centenar de diseños de recitales (y otros eventos de gran escala y de nivel global)

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