El desencanto de un superhéroe

En nuestra editorial, ponemos paños fríos a las sobrereacciones del incidente Chuck Berry, que estuvo de paso por el continente en una comentada gira de despedida. Volvemos a la discusión, esta vez, poniendo más antecedentes sobre la mesa

La historia de la música está llena de personajes trascendentales que, por sus acciones, pensamientos o ideales, han definido enfrentamientos tan marcados que es imposible no perderse en esa lucha en donde está en juego la “moral”. Desde Jimmy Page y algunas de las composiciones en Led Zeppelin que acababan siendo plagios de Willie Dixon1, pasando por el doble discurso ideológico-político de Bono, hasta el mismo Frank Sinatra con sus ya conocidas vinculaciones con la mafia italoamericana; todos personajes que juegan con su credibilidad, que hacen que el público, sus seguidores, terminen defendiendo alguno de sus paradigmas, equivocados o no, y concluya dividiendo opiniones.
Hace un par de semanas, el legendario Chuck Berry dio inicio a una gira sudamericana de despedida. Era la última oportunidad de poder ver y apreciar al creador del rocanrol en acción. A nuestro superhéroe, cuyo poder fue cambiar por completo el rumbo de la música popular a mediados de los 50 con sus dedos mágicos, cambiando todo lo conocido por ese entonces (llámese blues, country, jazz, gospel, etc.) con su guitarra eléctrica. Un campeón peso pesado de 86 años.

Pero las cosas se tornaron gris. Su paso por Brasil (la primera parada) pasó inadvertido ante la prensa y los críticos. Pero, desde antes que terminara su presentación en Buenos Aires, los comentarios que se podían leer desde la red social Twitter eran lapidarios y, a su vez, desoladores.

Con el pasar de los días, las reseñas que se podían leer desde los distintos sitios musicales especializados en Argentina, Uruguay y Chile hacían pedazos la performance del compositor de ‘Johnny B. Goode’, el himno por excelencia del rock. Muchos esperaban que fuera un concierto histórico, mítico. Las expectativas eran la de presenciar un show donde dignamente aún se podría ver a un viejo estandarte quemando los últimos cartuchos que le quedan a sus “bien” vividos 86 años, como muchos de sus octogenarios colegas (Little Richard, Charles Aznavour, BB King, Tony Bennett). Pero, finalmente, el espectáculo se trasformó en un tenebroso circo del horror que tenía como protagonista a nuestro héroe negro, que varias alegrías –directa o indirectamente- nos ha brindado a todos quienes somos amantes de la música.
La caída de Chuck Berry no es exclusiva de nuestros tiempos. Y no porque tenga su lugar ganado en la historia –merecido con creces por lo demás- podemos obviar algunos detalles de su vida que hacen sentir la misma rabia que verlo haciendo su pobre y triste espectáculo actual. Vale citar a uno de sus más aventajados discípulos, Keith Richard, que en su autobiografía Life (2010) revela una faceta desconocida de Berry, que de alguna u otra forma, muestra su personalidad fría y deja varias historias que lo muestran como una persona que sólo le interesa la plata.
Richards cuenta, entre otras anécdotas, que Berry dejaba el dinero de sus contrataciones en el estuche de su guitarra, para no perderla de vista y que la llevaba consigo a todas partes (¿les hace link esto con la fotografía de Ingrid, su hija, cantando con la cartera arriba del escenario?); contrataba a músicos de medio pelo y los cambiaba al poco tiempo, porque le salía más barato (la banda actual es un desastre); prefería realizar todas las mezclas de grabación de guitarra, solo, para ahorrarse la plata de músicos de sesión; y uno de los casos más lamentables, quizás, para el devenir de su carrera: cuando despidió a su amigo (y pianista en la banda) Johnnie Johnson en 19732.
Chuck, el hombre que fue capaz de descifrar y plasmar el espíritu de su tiempo, nos pone así en aprietos. Nos obliga a tomar una decisión, de qué lado estar: en la trinchera del fanático con fe a ciegas -piadoso y egoísta- que piensa que no importa en qué estado está, la cosa es ver al creador “en acción”, vivir la experiencia y poder contar esa historia en el futuro; o, en la del espectador crítico, que piensa que se debe haber retirado (con la soberbia de los críticos que les gusta terminar carreras de artistas), que su leyenda como arquitecto del rock no debe mancharse por culpa de sus familiares y productores (a pesar que por el historial de Chuck, cualquiera podría inferir que fue él mismo quien planeó esta gira, a sabiendas de su propia condición, para obtener unos dólares más).
Uno podría optar por una u otra opción, sumiéndose a los romanticismos propios de un fanático de la música. Pero como bien me comentó nuestro editor, el conflicto está, justamente, en tratar de encontrar ese límite entre los dos, ese punto en algún lugar entre medio de la crítica “objetiva” y el vínculo emocional. Personalmente, no le encuentro sentido en ver la decadencia en vivo y en directo; en alimentar una práctica insana que sólo busca placeres personales de uno y otro lado del escenario. Creo que la música es todo lo contrario. Creo en el ritual de ver la música en vivo, cuando artista y público se meten a una marea de sonidos cuya corriente es el placer de ambos: músico recibiendo el aplauso y la ovación, y fanaticada escuchando sus canciones regalonas por parte de su artista favorito. Cuando no pasa, ni lo uno ni lo otro, la experiencia, el ritual, pierde sentido.
No es un misterio que nuestro viejo querido Chuck Berry se convirtió desde los 70 en un culto más que en otra cosa. Que al ver cómo los jóvenes ingleses que lo idolatraban e imitaban se hacían más famosos y millonarios que él, reinterpretando su trabajo, su ideal se dio vuelta y su pasión por la música perdió el norte. La transformación en desarrollo en el personaje de Charles Edward Anderson Berry pasó del hombre que compuso el rock, a ser un hombre consumido por la decepción que no pudo dar más que una cadena de malas decisiones para combatir sus demonios. Finalmente, parece ser que la frase de Harvey Dent en The Dark Knight cobra sentido para nuestro viejo superhéroe: “o mueres siendo un héroe, o vives lo suficiente para convertirte en villano”.


1 El compositor demandó en 1985 a Led Zeppelin por el plagio de música y letra de la canción ‘You Need Love’, que Dixon le compuso a Muddy Waters, y que Page y Plant pusieron como obra original en ‘Whole Lotta Love’. Después del juicio, la banda tuvo que poner a Dixon en los créditos y pagarle parte de las ganancias obtenidas.
2 Richards, incluso le preguntaría a Chuck sobre esta relación: “¡Vamos, Chuck!, con Johnnie tenían la unidad perfecta. Fue hecha en el cielo, por el amor de Cristo. Oh no, dice Chuck, sólo lo mío es lo que cuenta. Puedo encontrar otro pianista, y de todos modos, puedo conseguirlos más barato. Es básicamente de lo barato de lo que estaba preocupado”.

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