David Bowie: la odisea sin fin

Hace un par de semanas ocurrió algo tan sorprendente e insospechado para los tiempos que estamos viviendo, que parece raro que se exponga en un contexto actual.   

Si el pasado 8 de enero ya nos había sorprendido, sin previo aviso, el anuncio de su nuevo disco para su cumpleaños número sesenta y seis (con single y video publicado adjunto), causando una repercusión mediática de las pocas que hemos vivido este último tiempo; más sorprendente aún fue la irrupción de su nuevo videoclip en YouTube, con elenco de lujo compuesto por el audaz Gary Oldman y la bellísima y sensual Marion Cotillard, desnucando a los sectores católicos más conservadores y que «misteriosamente» fue sacado del canal de reproducción audiovisual oficial del cantante de forma prácticamente automática.

Y sí, claramente hablamos del personaje de las mil facetas, nuestro querido David Bowie y su video de ‘The Next Day’, tercer single de un álbum del mismo nombre que, por cierto, se nos hace más preciado en el día a día, luego de un par de meses de haber sido lanzado. Buenas melodías y composiciones que se mueven dentro de los más clásico hasta lo más jugado y experimental por parte de este gran icono, hacen de él un enorme regreso, y más aún cuando nos deslumbra nuevamente con una puesta en escena tal como antaño: hereje y transgresora, simbólica y lúdica. El video nos muestra a un Bowie como un profeta cual Jesucristo en una especie de burdel con prostitutas, extraños personajes, autoflagelaciones, todo sumergido en un ambiente sórdido, nuevamente recurriendo a la teatralidad y al shock visual, en algo que pensábamos que había quedado en el pasado para el artista.  

Pese a que el video fue reincorporado al día siguiente a dicha plataforma con una advertencia de “poseer imágenes explícitas para menores de edad” y, con una explicación muy poco convincente de portavoces de Google en los medios como «con el gran volumen de videos de nuestra página web, a veces tomamos una decisión equivocada. Cuando nos ponen en conocimiento que un video se ha eliminado por error, actuamos rápido para reponerlo» (Fuente: Reuters LA), no deja de ser absolutamente extraña y bastante cuestionable la situación.  

Ahondar en el hecho de la censura -si correspondía o no-, los juicios morales o el dudoso arrepentimiento de parte de Google podría dar para otro análisis, lo que realmente queremos destacar en este texto es el romántico hecho y la capacidad de un ídolo tan representativo como Bowie de reencontrarse con su pasado, de unir links de hace cuatro décadas, transformando toda su carrera a un estado cíclico. El circulo gira esta vez como nunca a través de ese ojo de pupila dilatada eterno de Bowie, como revolucionando sus propias eras, lo cual no hace más que ser una reivindicación de sí mismo y dejar claro su consecuencia y (no) identidad, que paradójicamente al mismo tiempo es una identidad que sigue en misterio y sin definir con el paso de los años.

La canción vuelve a ser la misma esta vez, el regreso iba a ser con todas las de la ley y con las mismas fichas con que se la jugó en sus primeros pasos. Tal cual como en 1972, cuando a nadie se le pasaba por la cabeza la desafiante y más visionaria de las representaciones artísticas hilvanadas con su innovador rocanrol y ensimismada en una ópera prima, andrógina, jugando con la ambigüedad sexual, cuando tan sólo hace cinco años atrás la homosexualidad en Inglaterra era penalmente castigada.  

Pensábamos que lejos habían quedado sus delirios conceptuales de estrella del rock alienígena de su obra maestra The Rise And Fall Of The Ziggy Stardust & The Spiders From Mars (1972) o sus febriles fantasías distópicas orwellianas del Diamond Dogs (1974), o su período como The White Duke, de adicción a la cocaína intratable. La verdad es que haciendo el repaso discográfico, lo que no deja de ser irónico e increíble es que pese a su estado mental tan deliberadamente dependiente de las drogas –y bastante duras, por cierto-, fue capaz de componer casi como por inercia una cantidad de canciones llenas de una onda impresionante, muy funkys y sueltas de ánimo. Si hacemos el ejercicio y nos ponemos a escuchar más álbumes como Young Americans (1975) o Station To Station (1976) -discos en que potenció de forma fulminante el concepto que él mismo denominó como “plastic soul” (soul de los blancos)-, damos cuenta que simplemente fue un reinventor del estilo independiente de su estado, casi alienado de su entorno en ese período (para más detalles, ver el documental David Bowie & The Story Of Ziggy Stardust, 2012). Hablamos de discos que ni siquiera él mismo recuerda como creó de tan sobrellevado por los químicos que anduvo, pero que hoy en día son venerados y sindicados como álbumes claves por bandas de las nuevas generaciones tales como Red Hot Chili Peppers, Jane’s Addiction o TV On The Radio, entre una cantidad verdaderamente amplia.

Aunque no contento con eso, no mucho después tuvo sus momentos de lujuria en Los Angeles donde dio sus primeros pasos actorales, se escapó de la fiesta eterna y de la autodestrucción desde esa ciudad hacia Berlín. Iggy Pop, su gran amigo de la vida, sería su cómplice. Juntos empezaron a componer cosas sin precedentes. Era la época de la muy mentada trilogía setentera, donde, dicho sea de paso, sembró un semillero musical para lo que se conoció como synth pop que gobernaría las listas más adelante. Luego en los 80, en la década del pop y en la que ningún músico o banda que vivió el éxito descomunal del rock en los 60 supo encajar y mantenerse con una línea musical y estética digna (la lista de ejemplos es abundante: The Rolling Stones, The Who, o los propios Bob Dylan o Neil Young aunque duela escribirlo), Bowie logró sobrevivir a aquello, valiéndose de la premisa de “si tus enemigos te superan, únete a ellos”, despachándose así joyas pop como Let’s Dance (1983) que han recibido el beneplácito de la propia reina del estilo como Madonna. Era un escapista musical, iba de un lado a otro probando, cambiando, desechando, y en todo lo que hizo rebrotaron nuevas semillas musicales.  

Bowie desde niño que ha tenido este ímpetu fantasioso y liberador, seducido por el arte y la vanguardia. Tal vez esto viene de cuando un desconocido David Jones tuvo que cambiarse el nombre. La aparición en escena de un ídolo musical de los adolescentes en pleno período sesentero quizá fue el destino que parecía escrito. Este tipo, llamado curiosamente igual que nuestro héroe, era David ‘Devy’ Jones de The Monkees (un colectivo cual Glee o Menudo de nuestros tiempos), lo cual hizo que el músico sin chistar se cambiara el nombre a David Bowie (aludiendo al cuchillo de caza).

Desde ahí en adelante ha lidiado con múltiples personalidades internas en cada uno de sus discos, en algunos más, en otros menos, pero sigue siendo un personaje incansable al momento de explorar su verdadero yo interno. Le gusta jugar con eso, nos burla, nos confunde, nos hace llorar y reír de emoción al mismo tiempo. Nos entretiene con sus historias y películas musicales, sus documentales en audio, sus fantásticas travesías, como lo describe Paul Trynka en su libro Starman (2011).

Bowie es inteligente y supo que en la diversidad estaba la clave de su éxito y nos ha enseñado mucho más con eso, expandió fronteras musicales a los que lo vienen siguiendo de años y con las nuevas generaciones lo sigue haciendo. Por lo demás, el factor emocional esta completamente por sobre la mesa y lo logra transmitir siempre sabiamente. Más ahora, cuando el músico ya se acerca a sus setenta años de vida, es que se nos hace imposible resistirnos a sus encantos artísticos. La odisea espacial del Duque, que comenzó en los muy lejanos años sesenta, al parecer tiene unos cuantos planetas por explorar todavía y no sabemos (y ojalá nunca lo sepamos) para cuando llegará a destino.

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